El mito de la razón técnica en el Perú
los políticos mencionan que nuestro país avanza ya que estamos “digitalizando” (modernizando) los servicios, automatizando las minas y llenando de sensores las ciudades. Pero detrás de este lenguaje tecnócrata se esconde el viejo mito del dominio disfrazado de razón.
La ciencia y la técnica, lejos de ser neutras, hoy funcionan como un nuevo rostro del dominio. Se justifica arbitrariamente decisiones políticas deleznables o se delega completamente el trabajo y la decisión de un proyecto a algoritmos, gráficos de barras o por modelos de regresión lineal y no se decide mediante la critica que solo pueden dar las personas. Como lo menciona el capitulo Big Data del libro Psicopolítica, sufrimos en el siglo XXI de un datismo terrible, pensando que la historia -constituida por procesos y contradicciones dialécticas- es una tabla de Excel, que los números con decimales por si solos no pueden dar sentido a las cosas por su naturaleza aditiva y no narrativa. Así, la razón deja de ser diálogo para volverse cálculo. En el Perú, esta racionalidad traduce en políticas digitales que prometen inclusión y versatilidad mientras verdaderamente dan desigualdad. ¿De qué sirve tanta tecnología si deja fuera a quienes más la necesitan?
La pandemia lo mostró con bastante claridad: mientras unos hablaban de “educación digital”, miles de niños de lo alto del Perú no tenían ni internet. El discurso técnico sustituyó el político, y la injusticia se volvió invisible bajo la palabra “eficiencia”. Esa misma lógica se repite en los megaproyectos urbanos y mineros: carreteras, minas “inteligentes”, ciudades “modernas”. Se destruyen comunidades, se contamina el agua, se reubican familias y todo se justifica en nombre del progreso.
El peligro de hoy día no es la maquina (y no debemos destruirlas como los antiguos luditas), sino nuestra fe ciega en ella y los que se escudan con ella. Cuando el ciudadano deja de pensar y entrega sus decisiones a la técnica, la vieja democracia se vuelve aun mas insípida, se vacía de sentido y el poder se automatiza con un agente n8n. Por eso, el desafío no es solo tecnológico: es humano. Recuperar la razón crítica, el diálogo y la conciencia colectiva es el primer paso para que el futuro no sea dictado por algoritmos, sino construido por y para los pueblos del mundo.